«Ciento once días de protestas, ciento once días de desobediencia al ilegítimo»

por | 20/Jul/2017 | Actualidad

por Abg. Oreana Díaz

Por ilegítimo no sólo me refiero al dictador – al que le hablan los pajaritos -, sino a la componenda de la dictadura, que como todo buen gobierno imperial, el dictador – rey- hace su voluntad apoyado de sus obedientes cortesanos y su tan preciada nobleza – ejecutiva, judicial, electoral, moral, militar, policial -, que fiel a la dictadura, la promueven desde el más bajo acto de complicidad. Han transcurrido ciento once días de reclamos de la ciudadanía venezolana, que más que significar una protesta prolongada, significa la evidente declaratoria de los ciudadanos venezolanos de desobedecer a un gobierno autocrático, que ha intentado, ha logrado y sigue pretendiendo robar – acto contrario a la moral y las buenas costumbres como el que realiza cualquier delincuente – la soberanía del pueblo venezolano. Decía Thoreau «La desobediencia es el verdadero fundamento de la libertad. Los obedientes deben ser esclavos», y es por ello, que declarase en desobediencia es el acto más natural y legítimo que ejercemos en la sociedad para desconocer la legitimidad de todo aquel gobernante que usurpa nuestro poder.
Debemos entender, que aunque el dictador en algún momento de la historia lograra el ejercicio de su cargo a través de un proceso electoral, deslegitimó su ejercicio, desde el momento que se alejó de la practica democrática y constitucional para hacer valer su voluntad de prolongarse en el poder, de hacerse dueño del poder y de administrar el Estado mediante decretos inconstitucionales, como lo es el Estado de emergencia económica, que automáticamente supone un Estado de excepción inconstitucional por las inconstitucionales prórrogas e inconstitucional utilización de la emergencia económica para introducir objetivos no económicos, e inclusive, los decretos posteriores de «planes de seguridad y defensa» ante supuestas amenazas o injerencias extranjeras – que han logrado militarizar el país, no por una injerencia extranjera, sino como medio inconstitucional de militarización del territorio y respuesta represiva ante el levantamiento civil venezolano – y un Estado fallido, que se ha encargado de alejar su normatividad y orden constitucional; pasamos de ser un Estado constitucional de derecho y justicia social, a Estado inconstitucional, de desgobierno, de fraude al derecho y de plena injusticia social.
Creía Thoreau “El mejor gobierno es el que tiene que gobernar menos (…) el mejor gobierno es el que no tiene que gobernar en absoluto, y cuando los pueblos estén preparados para ello, ése será el tipo de gobierno que tengan”, yo también lo creo, el mejor gobierno es el que obedece a sus mandantes, al soberano, no al contrario, el que promueve medios que logren facilitar el acceso para el mejoramiento de la calidad de vida humana, sin limitarla, sin controlarla, pues el mejor gobierno, no es el que persigue la felicidad de todos, es el que permite que cada individuo pueda actuar libremente y a su elección, aun estando en sociedad, eligiendo cada cual el bien a perseguir que le hace feliz, y ésto es lo que verdaderamente significa la procura de la felicidad.

Sin embargo, el pueblo venezolano ha estado acostumbrado desde el momento de su independencia a vivir en una sociedad de mandantes, una sociedad altamente militarizada, dónde la mayoría de sus gobiernos han sido de caudillos militares, dónde los gobiernos que se han volcado en tiranías, han sido derrocados por golpes de estado militares – no civiles -, y las juntas de gobiernos transitorios han sido militares, inclusive, tras el pacto de punto fijo, dónde se vivieron 30 años de democracia civil – buena o mala -, ante una inconformidad de la ciudadanía, un golpe militar, un militar perdonado, un militar hecho presidente, condujimos al Estado democrático y constitucional, a manos de un gobierno – mayoritariamente militar – que lo único que ha hecho es dictar medidas para ejercer control al ciudadano, medidas cuyo objetivo final, es la prolongación de la dictadura, y es por ello, que en tiempos modernos podemos escuchar frases como «Pérez Jiménez era dictador pero construyó las mejores autopistas», cómo si un gobierno civil en una nación libre no estuviera en la capacidad de hacerlo. La historia ya nos lo ha demostrado, aquel que pretenda hacerse eternamente en el poder, logrará convertirse en controlador de masas, en hacedor de su absoluta voluntad, en un tirano.

No ha sido hasta ahora, que el venezolano ha entendido – si es que verdaderamente lo ha hecho- que el militar no tiene tendencia a gobernar democráticamente, el militar es un ser que ha sido educado para ordenar, rendir obediencia a su superior y ejercer autoridad, lo que claramente le convierte en un perfil de una persona autoritaria con tendencia a someter, a sublevar, a oprimir. En el momento que estemos preparados para la libertad, a entender que la libertad no se ejerce en gobiernos militares, que la democracia es un valor cívico, un ejercicio ciudadano, y que como hombres libres somos responsables, seremos una nación verdaderamente libre.

A lo único que debemos estricta obediencia en nuestra sociedad es al imperio de la norma, que comienza en la Constitución, el pacto social que suscribiéramos para convertirnos en una nación libre, y en ése sentido, los primeros obligados a obedecer la Constitución, son precisamente los gobernantes, y al ser el soberano, los hacedores de la Constitución, los inventores del Estado y los creadores del gobierno, no es por menos, que la obediencia de los gobernantes es a la Constitución y al pueblo, en virtud de la soberanía popular, no al revés. Y es por ello, que es el propio pueblo, el mayor garante de la Constitución, puesto que cuando los gobernantes se hacen del poder y niegan obediencia, es el pueblo el mayor encargado de recuperar su poder.
THOREAU, Henry David, «Desobediencia Civil», Traducido por Hernando Jiménez. Consultado en http://www.noviolencia.org (20/07/2017).
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