Ramón A. Castro

Recuerdo nítidamente el primero de los días de aquel lustro, la emoción de lo desconocido, la ilusión de lo imaginado. Desperté ansioso aquella madrugada, del lunes 1° de octubre de 1990, en la casa paterna. Ahora sí, tocaba cerrar el tiempo colegial para siempre, luego de haberme recibido como bachiller apenas dos meses antes.

Aunque paradójico, por haber sido exigido en ese ciclo previo en tantas materias científicas en un colegio que preparaba a quienes luego serían ingenieros en las más diversas áreas, incluso en la aeroespacial, no había quedado de lado lo humanístico, con marcados rigores en filosofía, literatura e historia. El destino reservaba, en mi caso, un espacio propicio para estas disciplinas, al estrenar, esa mañana, mis estudios universitarios.

La escogida había sido la facultad de Derecho de la universidad Católica Andrés Bello o quizá, lo más seguro, ella me había escogido a mí. Luego de la bienvenida y cierta charla de inducción, por parte de autoridades y representantes estudiantiles, nos enteramos que, por primera vez desde la fundación de la universidad en 1953, no habría “bautizo” de los nuevos estudiantes por algunos desórdenes ocurridos el año académico precedente y, de esa manera,  se dio comienzo formal a nuestras clases.

El aula A6-22 había sido la señalada para la sesión iniciática con el hoy desaparecido, pero siempre recordado, profesor José Rafael Hernández Gordils quien, con la bonhomía que lo caracterizaba, invitó a los alumnos a presentarse y de ese instante primero vienen a mi memoria: Laura, Clelia, Elizabeth y Yurly Beatriz.

En días sucesivos, hube de escuchar lecciones magistrales de los profesores Sosa de Herrera, Chalbaud Zerpa, Jañez, Valbuena, Suárez, Alva Soler y Bracho. Comencé a compartir con Ana María, Adriana y Julie. Conocí a Oscar, Alejandro y Emilio. Compré algunos libros en una maltratada camioneta del inefable Álvaro que, estacionada frente a los terrenos donde el papa Juan Pablo II, hoy santo, había oficiado misa solemne y multitudinaria en la incombustible Caracas, ofrecía los más diversos volúmenes que se encontraban agotados.

En medio de no pocas frustraciones en ese primer año, por haber anhelado un ambiente de camaradería e intelectualidad universitaria que no terminaba de presentárseme, decidí persistir pues la disciplina familiar no permitiría otra cosa.

Fueron sucediéndose así, los periodos académicos y, con ello, apareció un auspicioso segundo año, el último de los diurnos, con muchos compañeros de la provincia como Gonzalo, Jairo y Eligio, encendidas discusiones de Derecho Internacional con el profe Salgueiro y de Derecho Canónico con monseñor Alfonzo Vaz; un tercero con nocturnidad, las inolvidables clases del maestro Grisanti, trabajo, delegatura, queridos amigos como Eduardo y Roberto, mi compadre, al igual que una espléndida fiesta del ecuador en 1900 My Way; un cuarto con muchas exigencias académicas de la mano de los profesores Rodríguez Berrizbeitia, García y Gorrín, compartir con gente entrañable, entre quienes vienen a mi mente: Arghemar, Gabi, Martha, Marieliza, Adriana, Gustavo, Rafael, Alejandro e Iván y; un quinto, con un cierre elegante y de gran altura con las profesoras Maekelt y Calcaño, así como las clases de oyente con el profesor Bravo, que tanto influenciarían mis estudios de postgrado, un fallido intento por ser representante al consejo de facultad, una más que generosa recepción en La Esmeralda con geniales tarjetas de invitación en formato de papel sellado, un postrero examen de Derecho Mercantil II a cuyo término, hubo cervezas sin límites en el propio campus y un acto de grado, el viernes 13 de octubre de 1995, en la recién estrenada Aula Magna del recinto universitario.

Han pasado ya veinticinco años de ese último y definitivo encuentro en el que, presidido por el rector Ugalde y conducido por el secretario Sucre, recibimos el título correspondiente y me fue impuesta la medalla por el profesor Castro Álvarez, mi padre, consejero y amigo, a cuya memoria dedico estas líneas. Hoy, martes 13 de octubre de 2020, día de san Eduardo, comparto emocionado con mis compañeros de la XXXVII promoción de abogados estas breves pero sentidas memorias. ¡Marchando a tu destino impávida, como incontenible alud, tremola tu invencible lábaro, ucabista juventud!