Entre talibanes, el derecho, la democracia y el cochino frito.

por | Dic 3, 2022 | Actualidad

Era yo muy joven, no recuerdo de que edad, no lo suficiente para olvidar y pasar por alto el evento, pero tampoco lo suficientemente maduro para procesar con la necesaria profundidad el comentario que me hizo mi papá en ese entonces.

Estaríamos comiendo un muy buen cochino frito o un pernil cuando me preguntó de manera retórica: ¿Tú sabes por qué los judíos y los musulmanes no comen cochino? Por supuesto que no respondí, no lo sabía entonces, no recuerdo si a esa edad sabía ya que estaba en esas religiones proscrita tan deliciosa carne, no creo siquiera que sabría que existían religiones distintas, menos aún que estas dos, conjuntamente con el cristianismo compartían fuentes comunes como las sagradas escrituras en que se sustentan y que por ello son lo que se conoce como religiones abrahámicas.


Seguido de su pregunta, responde inmediatamente mi papá: «una vez hubo una gran celebración, una buena rumbar pudiéramos decir y a los pocos días casi todos los asistentes tenían diarrea muriendo un gran número de personas, una total tragedia, como pudo determinarse que todos los muertos habían comido cerdo, quienes escribían esas sagradas escrituras incluyeron al cerdo en la lista de animales impuros para evitar que ocurriese nuevamente una mortandad así y de esa manera se estableció la prohibición de comer cochino».

Vaya clase de filosofía del derecho y filosofía política subyace en este relato hecho por un papá comiendo cochino con su joven hijo que seguro no supo comprender la importancia en ese momento de su vida.


Pues en efecto el cerdo se encuentra en la lista de animales impuros al lado de otros entre los que se cuentan el conejo y la liebre, el camello, animales marinos sin aletas y escamas, los reptiles y expresamente el murciélago. Obligatorio en este tema es la lectura de Levítico 11 así como Deuteronomio 14 para apreciar la gran cantidad de animales permitidos y los que no, y de allí otros enunciados y sus normas previstos en las leyes sagradas comunes al judaísmo, islamismo y cristianismo.

No es extraño preguntarnos aquí como si esas normas de conducta sagradas son comunes a las tres religiones, las dos primeras aún consideran impuro el cochino al punto de proscribir su consumo, mientras que si algo distingue a algunas comunidades cristianas no es solo que no estén prohibidos o considerados impuros, sino que en la preparación e ingesta de deliciosos platos se encuentre el cerdo y otros animales rechazados como la liebre, los mariscos, los moluscos y otros (Dejemos el tema de los murciélagos para otro momento).


Observamos como en el caso del Corán (Corán 2:173) esa proscripción se reitera, mientras que en el Nuevo Testamento, si bien en el cristianismo no se revoca expresamente la condición de impuridad, ello resulta por vía de argumentación en la que se interpreta que puede perfectamente comerse esos animales, elaboración argumentativa que resulta de también las necesarias lecturas de Marcos 7 14-23, Hechos de los Apóstoles 10:10-17, I Timoteo 4:1-5 e incluso de I Corintios 6:12-20 tiene mucho que aportar.


Ajá ¿Y qué tiene esto que ver con los talibanes, el estado de derecho, la democracia y la constitución? 


Apartémonos de toda consideración religiosa espiritual del tema, cuyo muy respetuoso tratamiento merece estudio aparte pero que escapa ahora de estas líneas, y sólo enfoquémonos en la noción de autoridad en la formación de las normas, de las leyes, del derecho, en la que podemos observar, como en el caso de la prohibición de ingerir cerdo, hoy en día, con los avances tecnológicos que permiten determinar con certeza la triquinosis como la razón de las enfermedad que justificaba tal ley y que seguramente la adopción de una norma de ese tipo que no este lo suficientemente sustentada en investigaciones científicas la veríamos como algo eminentemente tribal y místico.

¿Y de cuántas leyes no tenemos la convicción que son irracionales e ilógicas que están sustentadas en suposiciones místicas e ideológicas? y no estamos precisamente hablando de aquellas que aparecen en escrituras de épocas antiguas sino mucho más recientes y cercanas ¿es que acaso muchos de los que se nos presentan como procesos constituyentes además de diferentes otros textos normativos que no son otra cosa que manifestaciones irracionales impuestas?

Pues no muy difícil ocurre hoy cuando observamos congresos y asambleas legislativas no haciendo leyes, verdadero derecho sino dictando ordenes despóticas, y que decir de la pervertida noción de que los funcionarios públicos, en especial “autoridades” ejecutivas creen tener una suerte de mando directo sobre la población, algo muy propio de regímenes de corte totalitario que no falta incluso en este siglo XXI, desde Kabul hasta cualesquier de nuestras sociedades latinoamericanas.    

Pocas veces reflexionamos sobre el grave daño que nos ha causado la noción que tenemos de la autoridad desde una aproximación subjetiva, sea hacia algún dios o sus representantes y voceros en tierra, un monarca, un emperador, algún estado, sus funcionarios, incluso la propia noción de pueblo que tanto ha servido para intentar justificar, gran cantidad de veces de modo irracional, el «dictado» de leyes que lejos de propender a la libertad y ayudar al desarrollo del plan de vida individual de cada persona sin dañar a otro.


Vivimos y nos hemos encerrado, no solo desde la propia noción desde tiempos inmemoriales respecto a la religión, luego del estado, sus instituciones y autoridades en una cultura de la sumisión ciega, de la obsecuencia; en la cultura de la culpa y del temor, aunque tratemos de esconderlo detrás de muchas eufemísticas fórmulas en las que no faltarán los supersticiosos llamados a la ley, a la constitución, a la democracia y hasta del bien común, cuando en realidad estamos ante viles imposiciones fácticas que utilizan estos argumentos como velo de su perverso proceder.


En el siglo XXI, a pesar de los grandes avances en muchas áreas del conocimiento, en lugar de utilizarse para la libertad, preocupa que exista aún tanta obsecuencia y paradójicamente tanto oscurantismo que igual como ocurriese hace algunos siglos son un caldo de cultivo ideal para la gestación de absolutismos y que solo pudieron superarse muchos de ellos con la creación de estados laicos, laicidad que debería extenderse a toda la sociedad civil pero no ya respecto del pensamiento religioso sino de toda ideología política no sustentable en la razón y demostración lógica.  

Resulta absolutamente vergonzoso y debería ser completamente inaceptable que en estos tiempos tengan cabida manifestaciones de barbarie, de primitivismo, de incivilidad, con el agravante de que haya aún sectores que no solo no se atrevan a preferir una abierta condena, sino que se atrevan a reconocer tales situaciones, sea que se esté ante el neo talibanismo afgano pero también ante otras clases de imposturas más cercanas, más caribeñas, más criollas, propias de nuestras pseudo democracias y pseudo constitucionalismos plagados de mesías populistas y oposiciones cosméticas que muchas veces forman más parte del problema que de las soluciones que nuestras sociedades demandan y merecen.


Muchas veces hemos oído que no deberíamos hablar ni de religión ni de política, tal vez sea hora de hacerlo, probablemente debimos hacerlo hace mucho tiempo, pero acomodaticiamente hemos optado por callar de manera cómplice mientras dejamos que la incivilidad y la impostura disfrazada de autoridad se nos meta en nuestra casa e invada nuestra voluntad. Personalmente pienso y estoy convencido que en efecto todos necesitamos un sólido piso moral, sentimental y espiritual, pero ello no significa que deba imponerse a los otros nuestras creencias y sentimientos ni mucho menos aceptar que se nos imponga a nosotros, valores morales y espirituales que si bien son de gran importancia y hasta esenciales en nuestras vidas a los que todos debemos propender, ellos deben permanecer en el estricto ámbito interno de los creyentes y ajeno a los estados y sus ordenamientos jurídicos.

Probablemente sea muy pronto para emitir opiniones concluyentes sobre el tema, tal vez nunca lleguemos a hacerlo de manera universal y definitiva, probablemente esa sea la mejor forma para estas sociedades cada vez más dinámicas en vez de aspirar normas rigurosas y estáticas que nos limiten, pero sin duda hemos de cuestionarnos que tanto hemos avanzado como sociedad y que tanto hemos retrocedido, así hacia donde debemos avanzar, pero lo que en modo alguno debe aceptarse es que sea la barbarie, la incivilidad, la impostura irracional que pretenda imponer como supuesta legislación órdenes despóticas, valiéndose para ello las muchas veces usadas fórmulas de leyes sagradas, textos constitucionales, decretos de urgencia y emergencia y más recientemente el discurso de los derechos sociales entre otros elementos que si bien pueden ser genuinos son fácilmente utilizados para la elaboración de sofismas que han servido tanto para justificar grandes desmanes.

A ver: ¿cómo podría hoy justificarse si no es con un criterio ciego de autoridad la prohibición de algo tan sublime como una arepa de pernil con queso amarillo? Un plato ya clásico que irónicamente en el foro de la juerga venezolana se le conoce como «arepa rumbera».

¿Qué dirían aquellos que incluyeron al cerdo en las sagradas escrituras como animales prohibidos y que hoy forman parte de una suerte de ritual post celebración? ¿Será que los bárbaros y tribales somos nosotros? Lo importante aquí es que no se obligue a nadie a hacerlo o no, menos aún utilizar las instituciones de los estados para ello y aplicar condenas indignantes por lo que en todo caso son actuaciones privadas que en nada afectan a terceros, en eso consiste la libertad, el verdadero derecho, la genuina democracia.